El dragón de la Cueva de los Verdes – Criatura que custodia Lanzarote.

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Introducción

En las entrañas de Lanzarote, una isla marcada por el fuego volcánico y los vientos eternos, se esconde uno de los secretos más antiguos y perturbadores de las Islas Canarias: la Cueva de los Verdes. Este laberinto de lava solidificada, tallado por las erupciones del Volcán de la Corona, no solo es un prodigio geológico, sino también el hogar de una criatura legendaria. Según los relatos transmitidos por generaciones, un dragón de escamas oscuras y ojos llameantes custodia las profundidades de la cueva, protegiendo un misterio que nadie ha logrado desentrañar.

Los pastores y pescadores más ancianos de la isla aún susurran sobre las noches en que un rugido profundo emerge de las grietas de la tierra, acompañado por un brillo rojizo que se filtra entre las rocas. Algunos dicen que es el espíritu del volcán; otros, que es una maldición dejada por los antiguos guanches. Pero todos coinciden en una cosa: quien se adentra demasiado en la cueva sin respeto, nunca regresa igual… si es que regresa.

Nudo

Cuenta la leyenda que, siglos atrás, un joven pastor llamado Arime se aventuró en la cueva en busca de una cabra perdida. Lo que encontró, sin embargo, fue algo muy distinto. Entre las sombras, una figura colosal se movía con elegancia felina, arrastrando su cuerpo serpentino sobre la roca negra. Las escamas del dragón brillaban como carbones al rojo vivo, y su aliento desprendía un calor sofocante. Arime, paralizado por el terror, escuchó una voz que resonaba en su mente, no en sus oídos: "Esta tierra es sagrada. Lo que guardo no es para ojos mortales".

El joven huyó, pero la criatura no lo persiguió. En cambio, una risa grave y antigua retumbó en las paredes de la cueva, como si el mismo inframundo se burlara de su miedo. Cuando Arime emergió a la luz del día, su cabello había enblanquecido, y sus ojos reflejaban una oscuridad que no estaba allí antes. Murió semanas después, murmurando sobre "el guardián" y "el fuego que no quema". Desde entonces, los lugareños evitan adentrarse en la cueva después del ocaso.

Pero la leyenda no termina ahí. En el siglo XVIII, un grupo de marineros españoles, incrédulos ante los relatos isleños, decidió explorar la cueva en busca de tesoros escondidos. Armados con antorchas y crucifijos, descendieron por los túneles, burlándose de las "supersticiones" de los nativos. Horas más tarde, solo uno de ellos regresó. Antonio de León, antes un hombre robusto y arrogante, apareció demacrado y tembloroso en la entrada de la cueva. En su mano derecha sostenía una escama negra, del tamaño de un plato, que ardía sin consumirse. Sus últimas palabras fueron: "No es un dragón… es algo más antiguo. Algo que no tiene nombre".

Desenlace

Hoy, la Cueva de los Verdes es una atracción turística, iluminada por luces artificiales y recorrida por guías que narran su historia geológica. Pero en los tramos más profundos, aquellos cerrados al público, los trabajadores juran haber escuchado susurros en una lengua desconocida y haber sentido corrientes de aire inexplicablemente cálidas. Algunas noches, las cámaras de seguridad captan sombras que se mueven contra las leyes de la física, deslizándose entre las rocas como si fueran líquidas.

¿Es el dragón de Lanzarote solo un mito? Los escépticos lo afirman. Pero los que han crecido con los relatos de sus abuelos saben la verdad: hay cosas en este mundo que la ciencia no puede explicar. La criatura que habita en la cueva, ya sea un espíritu ancestral, una bestia olvidada por el tiempo o algo más arcano, sigue allí. Esperando. Vigilando. Y quizás, solo quizás, eligiendo a sus próximos visitantes.

Porque en Lanzarote, donde el mar se encuentra con la lava y el viento canta canciones antiguas, algunas leyendas no mueren. Solo duermen… hasta que alguien las despierta.

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