La isla sumergida cerca de Lobos – Territorio que aparece y desaparece en el mar.
Introducción
En el archipiélago canario, donde el océano Atlántico abraza con furia y dulzura las costas volcánicas, se esconde un misterio que ha persistido en los relatos de los ancianos pescadores y en los susurros de las noches sin luna. Entre las aguas que separan Fuerteventura y Lanzarote, cerca del islote de Lobos, se dice que una isla sumergida emerge y desaparece bajo las olas, como si el mar decidiera revelar y ocultar sus secretos a capricho. Los que la han visto juran que no es un espejismo, sino un lugar real, cargado de oscuridad y leyendas ancestrales.
Nudo
Cuentan los viejos del lugar que, siglos atrás, existió una isla próspera llamada San Borondón, aunque algunos la nombran como Aprositus, la inalcanzable. Sus habitantes, gente humilde y laboriosa, vivían en armonía con el mar hasta que una noche, sin previo aviso, las aguas comenzaron a rugir con una furia sobrenatural. Un espíritu antiguo, ofendido por la soberbia de un pescador que desafió los límites de lo sagrado, maldijo la tierra. Las crónicas hablan de un resplandor verde en el horizonte, seguido de un silencio aterrador. Al amanecer, la isla había desaparecido, engullida por el abismo.
Desde entonces, en noches de tormenta o cuando la luna se tiñe de rojo, la isla resurge brevemente. Los marineros que se han atrevido a acercarse describen ruidos de campanas bajo el agua, sombras que se mueven entre la niebla y una sensación de maldición que se adhiere a la piel como la sal. Se dice que quien pisa sus playas queda atrapado entre dos mundos, condenado a vagar en un limbo donde el tiempo no fluye como en la tierra de los vivos. Algunos aseguran haber visto figuras espectrales caminando entre las ruinas de lo que una vez fueron casas, como si aún vivieran en un pasado que el mar se negó a olvidar.
El relato más escalofriante lo protagonizó un pescador de Corralejo, Tomás el Salinero, quien juró haber desembarcado en la isla durante una calma chicha. Entre la bruma, encontró un pueblo intacto, pero sus habitantes no lo miraban: sus ojos eran pozos vacíos, y sus voces, susurros arrastrados por el viento. Cuando intentó huir, el mar se cerró detrás de él, y solo la intervención de un santo tallado en la proa de su barco —regalo de su abuela, una mujer conocedora de los secretos del Garañón— lo salvó de ser arrastrado al mismo inframundo.
Desenlace
Hoy, la leyenda persiste como un recordatorio de que el océano guarda secretos que el hombre no está destinado a comprender. Científicos atribuyen los avistamientos a efectos de refracción o bancos de niebla densa, pero los isleños saben que hay verdades que la razón no puede explicar. Cada vez que una barca desaparece sin rastro cerca de Lobos, se murmulla que el espíritu de la isla reclama otra alma para su corte de condenados.
Quizás, en algún atardecer sangriento, mientras las olas golpean con ira las rocas de El Cotillo, alguien más verá emerger las siluetas de torres ahogadas. Pero los ancianos advierten: no hay que seguir a las luces que bailan sobre el agua. Porque la isla no aparece para ser encontrada, sino para recordarnos que, en Canarias, la frontera entre lo real y lo sobrenatural es tan delgada como la línea del horizonte.
Y así, entre el misterio y la sal, la leyenda de la isla sumergida sigue viva, esperando su próximo encuentro con los vivos... o su próxima víctima.

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