"Cuando la niebla desciende sobre La Arena, la luz llama con voz de sirena… pero solo los muertos conocen su verdadero nombre."
Introducción
En el corazón de La Gomera, donde los vientos alisios acarician las cumbres y los barrancos guardan secretos ancestrales, se alza la Montaña de La Arena. Este paraje volcánico, envuelto en una bruma perpetua, es escenario de una leyenda que ha sobrevivido al paso de los siglos: el fuego fatuo que danza en la oscuridad, una luz espectral que atrae a los incautos hacia su destino. Los ancianos de la isla susurran que no es un simple fenómeno natural, sino el espíritu de un alma atormentada, condenada a vagar entre la vida y la muerte.
La tradición oral de Canarias ha preservado este relato, mezcla de misterio y advertencia, donde la frontera entre lo real y lo sobrenatural se desvanece como el humo de un fuego extinguido. Quienes se aventuran cerca de la montaña al anochecer juran haber visto esa luz titilante, un faro engañoso que promete salvación pero conduce a la perdición.
Nudo
"Cuando la niebla desciende sobre La Arena, la luz llama con voz de sirena… pero solo los muertos conocen su verdadero nombre."
Cuentan que, hace siglos, un joven pastor llamado Tanausú se adentró en la montaña en busca de una cabra perdida. La noche lo sorprendió entre las coladas de lava, y justo cuando el frío comenzaba a helarle los huesos, vio una luz dorada flotando a lo lejos. Creyendo que era la hoguera de otro pastor, la siguió… pero la luz retrocedía, siempre esquiva, adentrándose en zonas donde el terreno se quebraba en abismos ocultos por la maleza.
Al amanecer, lo encontraron al borde de un precipicio, demacrado y con los ojos desorbitados. Murió sin revelar lo que había visto, pero en sus últimas palabras maldijo la "luz mentirosa". Desde entonces, los lugareños afirman que el espíritu de Tanausú permanece atrapado en la montaña, convertido en un fuego fatuo que atrae a los viajeros hacia su misma suerte. Algunos dicen que es un castigo por haber profanado un lugar sagrado para los guanches, los antiguos habitantes de la isla.
En las noches sin luna, los campesinos cierran sus ventanas y rezan para no oír el susurro del viento que arrastra lamentos. Los más viejos del lugar relatan encuentros con una figura espectral junto a la luz: una silueta humana con ojos vacíos, que extiende una mano como pidiendo ayuda… o arrastrando a quien se acerca demasiado.
Desenlace
La leyenda perdura como un recordatorio de los peligros que acechan en la naturaleza indómita de La Gomera. Científicos atribuyen las luces a gases inflamables que emanan de la tierra volcánica, pero los isleños prefieren creer en la maldición de Tanausú. Cada año, en el solsticio de invierno, se encienden hogueras en las laderas de la Montaña de La Arena, no solo para ahuyentar a los espíritus, sino para honrar a los que se perdieron en la niebla.
Quizás, como dicen los versos de un viejo tajaraste (canto tradicional), "la luz no es fuego, sino llanto". Un llanto que sigue buscando consuelo en la oscuridad, atrayendo a nuevos curiosos hacia su danza eterna entre el mito y la muerte. Quien visite La Gomera haría bien en admirar la montaña desde lejos… porque algunas luces no guían hacia casa, sino hacia el olvido.

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